En el Valle de Cocora la palma de cera del Quindío, árbol nacional de Colombia, se levanta hasta sesenta metros sobre el pasto. Qué mirar en el piedemonte de Los Nevados cuando la niebla decide abrirse.
Hay un momento, subiendo desde Salento, en que el ojo deja de funcionar. La carretera dobla, se abre el potrero y ahí está la palma de cera del Quindío, árbol nacional de Colombia, levantada hasta sesenta metros sobre el pasto, sostenida por un tronco tan delgado que parece un error de cálculo. El problema no es que sea alta. El problema es que está fuera de escala respecto a todo lo demás del paisaje.
El cerebro trabaja por comparación y en Cocora se queda sin referencias. Un árbol grande de tierra caliente se entiende porque tiene copa ancha, ramas, sombra: ocupa el ancho y el alto a la vez. La palma de cera no ocupa nada. Sube recta, sin ramificarse, y solo al final abre un penacho de hojas que desde abajo parece pequeño, casi decorativo. Uno mira una vaca al pie del tronco, después mira la copa, y la cuenta no cierra.
La niebla ayuda y estorba en partes iguales. Cuando baja, borra las cimas y deja los troncos entrando en el blanco, sin final visible, que es probablemente la imagen más justa del valle. Cuando se abre —y se abre de golpe, en cuestión de un minuto— aparece el fondo: el piedemonte de Los Nevados, los filos oscuros del bosque, las palmas repartidas por el potrero como si alguien las hubiera sembrado una por una.
Qué es exactamente la palma de cera
Ceroxylon quindiuense es su nombre científico y el segundo apellido no es casual: el departamento le dio nombre a la especie. Es una palma de montaña, adaptada al frío húmedo del bosque de niebla andino, donde casi ninguna otra palma prospera. El tronco está cubierto de una capa cerosa, blanquecina, que la protege de la humedad permanente y que durante mucho tiempo se raspó para fabricar velas y jabón. De ahí el nombre.
También se cortaban sus cogollos para el Domingo de Ramos, una costumbre que se llevaba la palma joven entera. Buena parte de la historia reciente de la especie es la historia de dejar de cortarla: su declaración como árbol nacional, la protección del valle, el trabajo lento de las comunidades de Salento y de los municipios vecinos para que las palmas dejaran de ser materia prima y volvieran a ser paisaje.
Vale la pena mirar el tronco de cerca. Está anillado, con marcas horizontales que son las cicatrices de hojas caídas hace mucho tiempo, y en las palmas viejas suele estar habitado: musgos, líquenes, bromelias, helechos que se instalan en las grietas y convierten cada tronco en una columna vertical de vida propia. Nada de eso se ve desde el mirador. Hay que llegar hasta la base y levantar la cabeza.
La otra cosa que conviene entender es que las palmas del potrero están solas por una razón. No crecieron en pasto abierto: crecieron en bosque, y el bosque se fue. Son las sobrevivientes de una tala vieja, adultas que quedaron en pie porque cortarlas no daba madera útil. La semilla necesita sombra y suelo cubierto para germinar, y donde hay ganado la plántula rara vez pasa del primer año. Por eso las palmas más impresionantes de Cocora son también las más quietas: un bosque que se ve entero, pero que no se está reemplazando solo.
Eso explica los cercados que uno cruza en el camino, los parches de bosque joven, las zonas donde el potrero está siendo devuelto a la montaña. También explica por qué conviene caminar por el sendero y no atajar por el pasto.
El loro orejiamarillo es el otro personaje de esta historia. Anida en las palmas de cera viejas, en huecos altos, y su suerte estuvo atada a la de la especie: sin palmas adultas no hay nido. Verlo no está garantizado, pero oírlo sí ocurre con frecuencia: un chillido metálico que cruza el valle antes de que uno alcance a ubicar la bandada. Vale la pena parar y mirar arriba cuando eso pasa.
Caminar el valle no es una sola cosa. Hay senderos y miradores repartidos por el piedemonte: rutas cortas que se quedan en el potrero, entre palmas y ganado, y recorridos más largos que entran al bosque nublado, cruzan el río por puentes colgantes y suben hasta donde el aire ya pesa distinto. El clásico se hace en circuito, subiendo por el bosque y bajando por el valle abierto, para dejar las palmas al final, cuando la luz de la mañana ya está trabajando a favor.
La hora importa más que el clima. Temprano, el valle está limpio o está en niebla, pero está callado, y las palmas se ven sin nadie al pie. Hacia el mediodía la nube sube desde el fondo y suele quedarse. Las tardes son de lluvia con más frecuencia que de sol, y el barro que dejan no se seca de un día para otro. Botas o zapatos que puedan embarrarse, una capa impermeable y algo de lana: aunque haga sol al salir de Armenia, en Cocora el aire es de montaña.
Cocora tiene la ventaja de estar rodeada. La Calle Real de Salento —balcones de colores, arquitectura de la colonización antioqueña, artesanía y café de una acera a la otra— es la entrada natural, y donde la calle termina unas escaleras suben al Alto de la Cruz, con el valle del río Quindío abajo y, en días despejados, la línea de Los Nevados al fondo. Filandia, con su centro histórico de bahareque pintado, y el mirador Colina Iluminada, una torre de madera de diecinueve metros con vista de trescientos sesenta grados sobre los valles del Quindío y Risaralda, completan una idea distinta de la misma cordillera.
Al volver al guadual, la comparación se impone sola. La guadua y la palma de cera son dos maneras opuestas de resolver el mismo problema: cómo subir. La guadua lo hace rápido, hueca, en colonia, apoyándose en sus vecinas y crujiendo con el viento. La palma lo hace sola y despacio, un anillo a la vez, durante más vida de la que uno alcanza a acompañar. Caminar los dos kilómetros del sendero ecológico entre el guadual protegido después de un día en Cocora es notar esa diferencia con el cuerpo: allá se mira hacia arriba, aquí se camina por dentro.
Al final, la palma de cera no impresiona por altura sino por proporción. Es un árbol que obliga a corregir la escala con la que uno venía mirando el Quindío, y esa corrección dura más que la foto. Uno vuelve a la habitación, mira el guadual desde la ventana y sigue calculando mal las distancias. Es una buena señal.
