Salento, Filandia, Pijao, Buenavista. Una manera sin prisa de recorrer los pueblos del Quindío en dos días, eligiendo la hora correcta para cada plaza y dejando espacio para volver al guadual antes de que caiga la noche.
Hay una manera de recorrer los pueblos del Quindío que no cabe en una lista de pendientes. No es la del viajero que quiere verlo todo entre viernes y domingo, sino la del que escoge tres o cuatro plazas, se sienta en cada una y deja que el día se acomode solo. El departamento es pequeño y las carreteras van entre cafetales, guaduales y curvas que obligan a bajar la velocidad: eso, que parece un detalle logístico, es en realidad la mitad del viaje.
Desde Cannatel, entre los guaduales de Armenia, casi todo queda cerca. La misma vía que pasa frente al hotel conduce a la capital del departamento, y desde allí se abren los caminos hacia el norte y hacia el sur. Conviene pensar el fin de semana como dos direcciones distintas y no como un circuito cerrado: al norte, Salento y Filandia; al sur, Pijao y Buenavista. Intentar unirlos todos en un mismo día es la manera más segura de no ver ninguno.
Un orden posible para los pueblos del Quindío
La primera decisión no es cuál pueblo, sino a qué hora. Las plazas cafeteras amanecen antes que sus visitantes: los primeros tintos salen cuando todavía hay neblina en los cerros, las puertas de madera se abren de a una y el ruido que se escucha es el de las sillas que alguien saca a la acera. Esa hora dura poco. Hacia el mediodía llegan los buses, y el mismo lugar cambia de temperatura y de conversación.
Por eso el orden que mejor funciona es sencillo: madrugar en el pueblo que más gente recibe y dejar para el atardecer el que se disfruta con luz baja. Si el sábado empieza en Salento, la tarde puede terminar en Filandia. Si el domingo empieza en Buenavista, la tarde puede quedarse en Pijao, donde la prisa nunca fue una virtud.
Salento y el final de la Calle Real
Salento es el municipio más antiguo del Quindío y se nota en la Calle Real: balcones de colores, arquitectura de la colonización antioqueña, artesanías y cafés de una acera a la otra. Recorrerla temprano es otra experiencia. Los toldos apenas se están armando, el olor a pintura vieja y a madera húmeda todavía está ahí, y se puede caminar por el centro de la calle sin esquivar a nadie.
Donde termina la Calle Real, unas escaleras suben al Alto de la Cruz. La subida es corta y honesta, y arriba se abre el valle del río Quindío. En días despejados aparecen, al fondo, las montañas de Los Nevados; en días de niebla aparece otra cosa, igual de buena: el pueblo entrando y saliendo de la nube.
Muy cerca está el Valle de Cocora, donde la palma de cera del Quindío, árbol nacional de Colombia, se levanta hasta sesenta metros sobre el valle. Los senderos y miradores recorren el piedemonte de Los Nevados y cambian de carácter según la hora: silenciosos y grises al comienzo de la mañana, verdes y abiertos cuando el sol logra pasar. Vale la pena ir con calzado que no le tema al barro y con la idea de caminar despacio, que es como se ven las palmas de verdad.
Filandia, para la última luz
Filandia se guarda para la tarde. Sus casas de bahareque pintadas de colores conforman una de las arquitecturas cafeteras mejor conservadas del departamento, y la plaza tiene esa cualidad de los lugares donde la gente todavía se sienta a mirar. Alrededor hay talleres, cafés pequeños y balcones desde los que se ve pasar el pueblo entero en diez minutos.
A las afueras está el Mirador Colina Iluminada, una torre de madera de diecinueve metros que abre una vista de trescientos sesenta grados sobre los valles del Quindío y Risaralda. Subir cuando el sol empieza a bajar tiene algo de ceremonia: el aire se enfría, las montañas se ordenan en capas y el paisaje deja de parecer una postal para volverse geografía.
El sur: Pijao y Buenavista
El domingo puede ir en la otra dirección. Pijao fue el primer municipio de América Latina admitido en Cittaslow, la red internacional de ciudades lentas, y el título le queda natural: no es un pueblo que se visite, es un pueblo donde se está. Una plaza entre montañas, fachadas de colores intensos y la sensación de que nadie va a apurar a nadie. Es el lugar ideal para un desayuno largo y una conversación sin reloj.
Buenavista, en cambio, es el balcón del Quindío. El municipio más pequeño del departamento vive encaramado sobre la cordillera, entre miradores y fincas cafeteras que abren sus puertas. Desde allí se entiende la forma del territorio: los cafetales bajando en franjas, los guaduales marcando las quebradas, el valle abriéndose hacia el occidente. Un café tomado mirando eso pesa distinto.
Armenia, en el medio
Armenia suele quedar reducida a punto de paso, y es un error simpático de corregir. La capital del departamento es la sede del Museo del Oro Quimbaya y el punto de partida natural hacia todo el Quindío. Una tarde de lluvia —que en esta región llega sin avisar— se resuelve muy bien allí, entre piezas de orfebrería que llevan siglos contando quién vivió en estas montañas antes del café.
Si el fin de semana incluye niños, el Parque del Café, entre Montenegro y Pueblo Tapao, cambia por completo el ritmo: atracciones mecánicas, teleférico y el mundo cafetero contado en un solo lugar. Es un día distinto al de las plazas, y conviene no mezclarlo con ellas.
Volver antes de que oscurezca
Lo que más se agradece de una escapada por los pueblos del Quindío es la vuelta. Regresar con luz, dejar el carro quieto y caminar los dos kilómetros del sendero ecológico por el guadual protegido, cuando los tallos crujen y la tarde se apaga entre las hojas. Después, lo que pida el cuerpo: un masaje, una película al aire libre, una partida de tejo o una cena que empezó con una caña en el lago.
No hace falta ver los seis pueblos. Hace falta ver dos bien, y guardar los otros para la próxima vez, que es la única promesa razonable que un territorio como este puede hacerle a quien lo visita.
